El último error de Pablo

La posición de portero es la más especial del fútbol. Es una figura donde conjugan heroísmo y villanía, amor y odio, perfección e imperfección, acierto y error. El portero siempre será insultado a la vez que alabado, admirado a la vez que menospreciado y juzgado no por el repertorio de lo que es capaz de hacer, sino por la última jugada que haya realizado.

Ser arquero exige estar hecho de una madera especial. Ir en contra de la misma esencia del juego es su cometido, tocar la pelota con las manos es su sacrilegio, evitar el gol en la línea su blasfemia. Vivirá sojuzgado por su último error, porque sus enemigos viven de esperarlo y sus amigos de no perdonarlo. Es un riesgo voluntario y siempre latente, en el que destacar se entiende como arriesgar la cara, el pecho, el cuerpo, y fallar comprende exponer el alma.

Hablaremos entonces de un cancerbero (Del Can Cerbero, perro mitológico de tres cabezas que resguarda las puertas del infierno griego) que ha entrado en la historia del Club León sojuzgado por un último error cometido que perdura en la memoria de los aficionados esmeraldas. No hablamos del injustamente vilipendiado Comizzo, acosado por su salvaje agresión a Hermosillo, del que muchas veces se olvida fue pieza clave para pisar suelo bendito de una final. Ni siquiera hablamos de un arquero que vistiera el verde. Nos referimos a un portero cuya determinante actuación termino con el campeonato de La Fiera en 1992: Pablo Larios.

Uno de los puntos a dominar que cada vez es más difícil encontrar en un arquero moderno, es el dominio aéreo de su completa área. En la Premier League, por ejemplo, es habitual ver goles de servicios que van al área pequeña. Los errores en este tipo de salidas, ya sea a por balones provenientes de un córner o un centro lateral son comunes y el riesgo de dejar la cabaña vacía y a merced del atacante es muy alto. Lo sé: en este momento, los lectores felinos, se relamen como leones ante la carne recordando el error en tiempo extra de Pablo tras centro lateral, que culminó con gol de Turrubiates a puerta vacía  y de cabeza.

Para los que no lo recuerden o no hayan revisado el partido, que lo que hizo Pablo Larios durante los noventa minutos reglamentarios de la final de vuelta en salidas por alto fue una auténtica exhibición. No importaba si era saque de esquina, centro largo o balón flotado, si era en el área chica o en el ángulo del área grande. Pablo salía disparado como galgo sobre su presa, con una velocidad y una potencia de salto increíbles. Lo que hacía más extraordinaria su actuación era su estatura: 1,79 m. Añadió a su repertorio un gran dominio de área chica que le permitió anticipar balones filtrados para que le encarasen.  Y sus recorridos laterales para atajar estuvieron a la altura, salvo un disparo de Tita al que no pudo reaccionar y que vio pegar en el poste, aunque si esa jugada lo dejo plantado, su milagrosa atajada a segundo palo en tiempos de compensación nos dejó con la boca abierta.

Sucedió entonces la tragedia poblana. El dolor de un hombre convertido en oro de otro. Los 90 minutos no sólo cansan a los jugadores de campo, los porteros también se agotan. Tras más de hora y media de dar saltos, esprintar y hacer esfuerzos bajo un sol abrasador, Larios se equivocó. Era inevitable, pues en su primera salida alta, tras tiro de esquina, el narrador televisivo lo maldijo: “Larios la rechaza, es de las que le gustan”. La pelota, proyectada del pie de Marquinho, fue fiel a la cita con los guantes de Pablo Larios. Y, desdeñada por el hasta entonces  su celoso guardián, fue a descargar su despecho por la traición encontrándose con Turrubiates, quien abrió la gloria leonesa.

Probablemente al recordar a Pablo, los aficionados esmeraldas esbocen una sonrisa. Pero, así como Comizzo llevó al Club León a una final, Larios llevó a Puebla a tiempos extras frente a un Club León que debió coronarse antes. Es la maldición del portero, ser recordado por su último error. Pero Pablo entró así en nuestra historia, como llave de un título al que La Fiera tuvo que agarrarse veinte años para sobrevivir.